domingo 3 de enero de 2010

...de lejos.

Por esas cosas que tiene la distancia parecía muy bonita. La fantasiosa y hermosa sensación que provoca el “de lejos”.

Yo iba, ella venía.

Al estar a un metro de ella compruebo que en esta oportunidad, la distancia había sido malévola. Era tan tan bonita que asustaba.

Con una tonada que podría denominar dulce, (arbitrariamente, obvio), me preguntó dónde quedaba la calle Teodoro García.

Traté de impostar la voz para que su recuerdo sobre mí sea similar al del un galán recio. Al menos desde lo sonoro y contesté que era la primera paralela a su izquierda, mientras torcía mi brazo derecho hacia la altura de mi hombro izquierdo y con mi mano, hacía el típico gesto como de estar cortando el aire con el filo de mi palma. En clara señal de ayudarla con mi guía o mímica, mediante esa indicación geográfica, y a la vez, sin darme cuenta, subestimándola ante la hipotética instancia de que no sepa el significado de “pararela”.

Me miró achinando los ojos, reaccioné inmediatamente y dije; llegás a la esquina (la cual apunté con mi dedo índice) doblás a la izquierda y la primera es Teodoro García.

Gracias me dijo y sonrió.

Giré y seguí caminando. A los diez metros quise convertir esa mundana situación en algo idílico. Tomé valentía, giré con la intención de ir hasta ella y decirle que no le convenía pasear o caminar por Teodoro García, porque había un monstruo que atrapaba chicas bonitas. Una verdadera estupidez que poco tiene que ver con mi edad, pero así soy y muchas veces funciona. 

Raro...

La observo desde donde estoy y veo que detiene a una señorona de unos cincuenta años que orgullosa muestra al mundo un peinado voluptuoso, y le pregunta algo. Esta mujer de la edad de una suegra simpática, frena su paso, eleva un poco su cabeza, lleva su mano derecha al mentón y a los pocos segundos hace una especie de arco iris que parte a la altura de su boca, hacia delante. 

Quise leer sus labios pero no pude. Supuse que decía algo así como la otra...

No sé si por mi bien o por el suyo, pero se acabó el amor.

viernes 1 de enero de 2010

Bruce Willis

Todo se encaminaba hacia algo divertido.

Rubia ella.

Me encantan las rubias; es snob y me importa muy poco, así que listo, me encantan.

Graciosa ella.

Me encanta que me quiten el protagonismo del humor; que me hagan reir.

Atrevida ella.

Me encantan atrevidas y me refiero a plantarse como si fueran varoncitos “no dueños” de la pelota, pero “si dueños” de la habilidad.

Las conversaciones estaban basadas en burlarse de todo, pero con esa pizca de inteligencia que solapa la mala intención, disfrazándola de diversión casi sana.

Hacía unos días que no hablábamos y me envía un mensaje de texto que decía: “me aburro” a lo que contesté parafraseando a Bruce Willis “comprate un perro”; a lo que contestó “tengo un gato”.

Y ahí nomás se acabó el amor.

viernes 18 de diciembre de 2009

Un perfil de los lindos

El cartelito indicaba que la línea "D" del subte estaba con demoras. Yo decidí subir de todas maneras, sustentando la idea en la ilusión y el deseo casi infantil de que estando arriba del vagón, esa demora caduque.

Llegó a los 30 segundos y sentí que estaba en el umbral de cumplir ese sueño urbano. Hizo treinta metros y quedó varado entre-estaciones. El sueño terminó.

Ella estaba parada al lado mío y tenía un perfil muy bonito. Mis oídos recibían las hermosas melodías que regalan las guitarras de Adrian Smith y Dave Murray cuando cabalgan juntas, llamadas en la jerga "doble hacha".

Ella se veía impaciente. Vestía de un modo que a mi me encanta; a saber: jean azul ajustado achupinado, remera estampada con cuello estirado, una especie de "falso babé" y All Stars negras con cordones negros. Poner esos cordones a esas zapatillas, me hace creer que una chica va en contra de lo estipulado y me gusta.

Comenzó a buscar desesperadamente en su bolso.
Yo pensaba:
1 saca un libro y la amo;
2 saca su i pod y al espiarle su búsqueda de discos o canciones veo que elige Judas Priest, Misfits, Trouble o algo así y la amo para toda la vida.
3 saca una libreta y se pone a escribir y aunque suena a snob creo que también la amo por unos años.

Pero no, sacó el celular, clavó sus ojos de modo compulsivo en la pantalla y se puso a matar alienígenas.

Ahí nomás se acabó el amor.

jueves 17 de diciembre de 2009

El Silencio de un Ascensor

Que una chica linda sea tonta es una pequeña desgracia.

Pero lo peor que le sucede a los hombres con esas chicas, es que hacemos un esfuerzo sobrehumano, en negar la realidad intelectual de estos seres.

Me la crucé en el ascensor varias veces haciendo lo imposible para no sufrir ese silencio tenso que se origina en estos monstruos mecánicos; que hola, que el calor, que no recuerdo a que piso vas, en fin...

Un día me cansé y de arriesgado nomás, especulando a la vez un poco con que nunca la encontré o vi con alguien subiendo al único lugar que habíamos compartido, le propuse compartir conversaciones más bonitas en un lugar más bonito y con menos intimidad.

Me regaló una sonrisa y un sí, que nunca voy a olvidar.

Fuimos a un bar en el cual había un piano que amenizaba la visita.

Nos sentamos y a los 5 minutos sonó su celular. Se quedó hablando con su amiga un tiempo más allá del prudencial. Que no se cuanto es, sólo puedo medirlo in-situ. Cortó y comenzamos a hablar de pavadas sin sentido y la realidad es que me estaba esforzando mucho para hacer llevadero ese tedio.

Me encanta la moda me dijo como si fuera Rodrigo de Triana gritando Tierra! Y lo hizo luego de que yo le enumere una cantidad enorme de inquietudes y cosas que se conversan en estas salidas con el único fin de originar un ida y vuelta.

A los pocos minutos volvió a sonar el celular. Era la misma amiga de antes.

De pronto un pianista muy joven comenzó a ejecutar una de estas canciones típicas de jazz que detesto, pero porque soy un pibe un poco hincha pelotas, pero me gustaba la situación del pianito; en serio.

El tema es que esta piba hizo una exclamación un tanto desmesurada para las únicas cinco parejas que estábamos ahí. Yo incluso me asusté. Parece que se sorprendió de que un pianista toque el piano. Quien sabe...

Lo peor estaba por venir. Comenzó a contarle a su amiga que estaban tocando el piano en el lugar donde estaba, mientras a mí me dedicaba sonrisas falsas. Se ve que la amiga no le creyó, entonces se paró, fue hasta donde estaba este lindo y atractivo instrumento, el celular abandonó su oreja y extendió su femenina y torpe mano hacia el pianista, que al notar la cercanía de esta fémina, le dedicó una mirada muy similar a la que una madre dedica a su niño, obligándolo a comer verduras en lugar de pizza.

El volumen de voz con el que repetía te dije te dije, era similar el que se utiliza en un estadio de fútbol protestando por una patada con destino de pierna contraria.

Y ahí nomás, sin ningún tipo de pesar y prometiéndome no evitar nunca más el silencio de un ascensor, se acabó el amor.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Nada

Subió y recé que se sentara a mi lado, como si de ello dependiera el nacimiento del amor entre dos seres desconocidos, con una veintena de testigos, todos muy pasajeros con un colectivo como marco contenedor de una historia.

Una locura pensar en contarles a nuestros hijos, que así se conocieron mamá y papá. Porque claro, mi proyección va de la mano de mis fantasías más burguesas. Sobre todo cuando imagino una historia de amor con desconocidas hermosas y cercanas a una deidad.

Se sentó a mi lado nomás.

Yo comencé a intentar en mi cabeza imaginativa como pocas, pero por lo absurda no por lo original, infinitas formas de entablar una conversación con tan bonito e inalcanzable ser de la naturaleza.

Se me ocurrió mirarla y hacer con mis cejas un movimiento veloz de subirlas y bajarlas acompañándolas con mi boca arqueándose hacia abajo, como buscando una complicidad basada en absolutamente nada.

Obviamente, no sólo no hubo feedback en el gesto, sino que incluso las milésimas de segundos que me dedicó con su mirada, fueron algo muy similar al desprecio. También basado en la nada porque un gesto no creo que amerite tanto pero tanto odio.

Se me ocurrió sacar mi libro de Emile Cioran, a fin de darme un aire de intelectualidad que no era necesario, porque la estaba pasando bien mirando a través de la ventana. Pero así somos los idiotas enamoradizos creadores de historias ineludibles.

Ella seguía como si nada. Obvio.

Me pregunté como podría robarle una palabra, no digo una sonrisa que sería hermoso y efectivo. Sólo una palabra o dos.

Dejé caer torpemente mi libro al piso, acompañé el acto con un "disculpame" y sentado en mi lugar, incliné mi cuerpo hacia adelante/abajo con la intención de buscar debajo de un asiento que tenía como función en mi vida, convertirla en miserable.

Lo lejos que había caído el libro me hizo creer en una fuerza sobrenatural de mis manos. Opté juntar fuerzas y reemplazar el "disculpame" por el "permisooo", para levantarme del asiento, pasar delante de ella poniendo en su propia cara mi parte delantera del cuerpo, originando con esto una incómoda situación.

Todavía no sé porque soy tan tarado.

Ella me permite salir, con el fastidio invadiendo la totalidad de sus gestos tanto corporales como faciales.

Se paró, pasé y tomé una posición casi de indio que escucha si viene un tren apoyando su oreja en los rieles del ferrocarril. Mi alma entera quería llegar hasta donde estaba ese libro, cual si fuera un tesoro perdido.
Mi mano izquierda apoyada en el piso, la derecha extendida debajo de su asiento y mi cara paralela a sus piernas.

Y de pronto lo peor; sin querer rocé con mi pulgar su tobillo.

Me miró achinando sus ojos y preguntó con escasa dulzura si necesitaba que se pare.

Me disculpé y le pedí por favor si aceptaba salir conmigo un día cualquiera de un año cualquiera.

Ella abrió sus ojos como un pequeño búho tan sorprendida como asustada,pero dejó escapar una sonrisa leve.

Yo basé mi acción en la originalidad del momento elegido, del acto en sí mismo, de la situación tan particular como inolvidable. Basado simplemente en eso.

Antes de que me conteste, le confesé que había tirado el libro con el único fin de conocer la dulzura de su voz, contestando un "si claro" ante mi pedido de permiso.

Se rió y me preguntó si estaba loco y no supe como comprobarle que no era para tanto. Que lo mío era un acto desesperado de valentía.

Venía bien, pero el colectivo frenó, yo rodé por el piso del mismo como alguien que se arroja alocadamente por el costado de una ladera o duna y claro, todo terminó en eso. En nada.

Y se acabó el amor.

martes 1 de diciembre de 2009

Diez. Quince segundos.

La mayor de las ventajas, sino la única, que tiene un hombre ante una mujer que le encanta, es la de actuar incluso más allá de una errada percepción de su parte respecto una situación del tipo "a esa chica creo que le gusto".

Uno suma valentías para ir a hablarle. Piensa en la cantidad de cosas maravillosas que podría desarrollar junto a ella. Idioteces inclusive.

Uno imagina su dulzura al hablar, su delicadeza al moverse, su tino al dedicarnos una mirada.

Uno suma la cantidad de fracasos y las combina con la cantidad de triunfos y si da bien, toma valor y encara el desafío con la misma cantidad de valentía que de temor. Pero de eso estamos armados y acostumbrados la mayoría de los hombres.

Fui sabiendo lo importante que era sacarle una sonrisa en los primeros diez o quince segundos. Y creo que es mucho tiempo.

Cuando estoy a escasos dos metros, veo por una razón que no llego a vislumbrar que, como diría mi querido amigo Yago, comienza a reirse "a mandíbula batiente" y noto con bastante desazón, que la dimensión de sus encías es mucho pero mucho mayor que la de su sonrisa.

Y ahí nomás murió el amor.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Héroe callejero

Estaba sentado en uno de los primeros asientos del 84 que va a Villa Del Parque. Tenía 16 años rozagantes, llenos de virilidad. Nos empezamos a mirar con una chica que estaba sentada en el primer asiento individual. Nos teníamos del barrio, por ende en algún momento nuestra historia tomaría vida. Seguro.

En esa época cuando uno se paraba para bajar por delante, al colectivero se le decía "paradaa" y este frenaba y nos dejaba bajar sin ningún inconveniente.

Luego de un romance de cuarenta cuadras, la miro con ojos seductores, me acomodo el pelo que en ese momento estaba muy largo y me hacía sentir Atila.
Le susurro "paradaa" al chofer y este que venía a gran velocidad y nota que está por pasarse la boca-calle me dice, "Cruzo el semáforo y te tirás, ¿sí campeón?"

Claro, él no quería detener su marcha y que lo frene el rojo del semáforo.

Entonces vi la oportunidad adolescente de demostrar mi destreza atlética. Le contesté "Síii, claro que sí". Con una calma que el mismísimo Clint Eastwood envidiaría.

Me tomé del pasamano y dejé que mis pelos golpeen el viento, sabiendo que ella estaba observando tamaña muestra de heroísmo callejero.

El colectivo venía a una velocidad considerable y yo empecé a tener una laguna que no permitía recordar si con el vehículo en movimiento, yo debía bajar y apoyar mi pie a contra marcha o a marcha...

La transpiración corría por mi cara, deseando no equivocarme en la elección ya que la misma definiría si yo era un atleta o un idiota.

Me jugué y elegí.

De pronto se me nubló la vista y aparecí en el asfalto, rodando paralelo al colectivo, deseando no ser embestido. Frené mi frenética marcha solito,por la inercia misma.

El colectivo frenó unos metros adelante, el chofer bajó se me acercó adonde yo estaba tirado y me preguntó si estaba bien.

Cuando estaba por contestar, la veo a ella asomada por una de las ventanillas.
Opté pararme, sacudirme el dolor y contestar "Si flaco, estoy perfecto"

Ahí nomás se acabó el amor.

martes 24 de noviembre de 2009

La cosa venía bien

Amigos en común nos hicieron pasar el ingrato momento de conocernos sólo por esa causa; los amigos en común. Y uno acepta cual esclavo del destino y tirando abajo todas sus reglas que hablan de casualidades que incluso le dan nombre.

De todos modos, aceptamos cada uno por su lado y combinamos en encontrarnos.

En fotos me gustaba, pero pocos suben fotos que nos muestre miserables o con cara de recién levantados. Y está bien, aunque a veces la distancia con la realidad sea mucha.

Pero hasta ese momento, la cosa venía bien.

Mi plan era llevarla a un bar muy bonito, que a la vez es una especie de museo de la fotografía, que está a un par de cuadras de la estación de subte Lacroze.

Veo llegar a lo lejos una chica muy similar a la que posaba en las fotos que supieron mostrarme de ella. Yo deseaba que no lo fuera porque, a lo lejos, me parecía verle un flequillo medio raro; de esos que se hacen las chicas con rulos, que como no les queda muy bien, se lo tiran para un costado.

Difícil, la cosa venía difícil.

Se acercaba y yo opté mirar a un horizonte lejano más allá de los límites visuales, como por arriba de su cabeza, como un marinero en alta mar, pero deseando con todas las fuerzas que ella, no fuera ella.

Ese flequillo se acercaba cada vez más.

Y más.

Y más.

Cuando estuvo a un poco más de dos metros delante, puso los ojos chinitos y me preguntó; "¿Gaby?". Estuve a centésimas de contestar NO, pero esto de los amigos en común limitó mi maldad que a esa altura estaba desatada, por eso contesté: "¿Catalina?"

Lindo nombre, pero ahí nomás se terminó el amor.

lunes 23 de noviembre de 2009

132 interno 45

Subió al bus línea 132 interno 45 y todos absolutamente todos nos enamoramos de ella. Hombre mujeres todos.

Se ubicó a la altura del tercer asiento individual originando mucha bronca y una profunda sensación de injusticia para con la vida, en aquellos que estaban sentados delante de todo. Lejos del alcance visual de esta chica que emanaba una mezcla exacta de amor y lujuria.

El que parece que no tenía muchas ganas de amor o de enamoramientos masivos era el destino, que siempre juega de local.

Un auto se cruzó a toda velocidad por delante del bus, que debió frenar bruscamente en pos de resguardarnos y evitar un accidente para todos los que estábamos viajando hacia dispares destinos, pero con los ojos todos puestos en el mismo lugar; en ella.

Claro que lo que no pudo resguardar esa frenada de película, fue la cantidad demencial de pelo que emergía debajo de la exila de esta belleza que estiró su brazo hacia el cielo para tomar un pasamano guardián de la seguridad, pero matador de sueños.

Y en ese instante exacto, murió el amor viejo y peludo nomás!

viernes 20 de noviembre de 2009

Ingredientes

Primera salida, fuimos a un bar y pedimos, ambos, unos sanguches (así mal escritos) con "Pan de Campo", que se ven lo traen desde allá y lo mantienen fresquito.
El mío de Jamón crudo, el de ella no sé.

Pidió mayonesa y lo convirtió en otra cosa.

Segunda salida, fuimos a una pizzería de estas que tienen gustos con nombres que deberían venir con manual para saber que sabor o ingredientes tienen.

Pedimos una individual cada uno.
La mía de morrones y unos cositos que no me acuerdo.

Ella no sé que gusto pidió, pero era medio de manual el nombre. ingredientes raros, no sé.

El mozo estaba por retirarse luego de apoyar las dos pizzas en la mesa de madera rústica en la que estábamos sentados y dispuestos a gustarnos.

Ella interrumpió su ida y le pidió mayonesa.

Y ahí nomás se acabó el amor.