Subió y recé que se sentara a mi lado, como si de ello dependiera el nacimiento del amor entre dos seres desconocidos, con una veintena de testigos, todos muy pasajeros con un colectivo como marco contenedor de una historia.
Una locura pensar en contarles a nuestros hijos, que así se conocieron mamá y papá. Porque claro, mi proyección va de la mano de mis fantasías más burguesas. Sobre todo cuando imagino una historia de amor con desconocidas hermosas y cercanas a una deidad.
Se sentó a mi lado nomás.
Yo comencé a intentar en mi cabeza imaginativa como pocas, pero por lo absurda no por lo original, infinitas formas de entablar una conversación con tan bonito e inalcanzable ser de la naturaleza.
Se me ocurrió mirarla y hacer con mis cejas un movimiento veloz de subirlas y bajarlas acompañándolas con mi boca arqueándose hacia abajo, como buscando una complicidad basada en absolutamente nada.
Obviamente, no sólo no hubo feedback en el gesto, sino que incluso las milésimas de segundos que me dedicó con su mirada, fueron algo muy similar al desprecio. También basado en la nada porque un gesto no creo que amerite tanto pero tanto odio.
Se me ocurrió sacar mi libro de Emile Cioran, a fin de darme un aire de intelectualidad que no era necesario, porque la estaba pasando bien mirando a través de la ventana. Pero así somos los idiotas enamoradizos creadores de historias ineludibles.
Ella seguía como si nada. Obvio.
Me pregunté como podría robarle una palabra, no digo una sonrisa que sería hermoso y efectivo. Sólo una palabra o dos.
Dejé caer torpemente mi libro al piso, acompañé el acto con un "disculpame" y sentado en mi lugar, incliné mi cuerpo hacia adelante/abajo con la intención de buscar debajo de un asiento que tenía como función en mi vida, convertirla en miserable.
Lo lejos que había caído el libro me hizo creer en una fuerza sobrenatural de mis manos. Opté juntar fuerzas y reemplazar el "disculpame" por el "permisooo", para levantarme del asiento, pasar delante de ella poniendo en su propia cara mi parte delantera del cuerpo, originando con esto una incómoda situación.
Todavía no sé porque soy tan tarado.
Ella me permite salir, con el fastidio invadiendo la totalidad de sus gestos tanto corporales como faciales.
Se paró, pasé y tomé una posición casi de indio que escucha si viene un tren apoyando su oreja en los rieles del ferrocarril. Mi alma entera quería llegar hasta donde estaba ese libro, cual si fuera un tesoro perdido.
Mi mano izquierda apoyada en el piso, la derecha extendida debajo de su asiento y mi cara paralela a sus piernas.
Y de pronto lo peor; sin querer rocé con mi pulgar su tobillo.
Me miró achinando sus ojos y preguntó con escasa dulzura si necesitaba que se pare.
Me disculpé y le pedí por favor si aceptaba salir conmigo un día cualquiera de un año cualquiera.
Ella abrió sus ojos como un pequeño búho tan sorprendida como asustada,pero dejó escapar una sonrisa leve.
Yo basé mi acción en la originalidad del momento elegido, del acto en sí mismo, de la situación tan particular como inolvidable. Basado simplemente en eso.
Antes de que me conteste, le confesé que había tirado el libro con el único fin de conocer la dulzura de su voz, contestando un "si claro" ante mi pedido de permiso.
Se rió y me preguntó si estaba loco y no supe como comprobarle que no era para tanto. Que lo mío era un acto desesperado de valentía.
Venía bien, pero el colectivo frenó, yo rodé por el piso del mismo como alguien que se arroja alocadamente por el costado de una ladera o duna y claro, todo terminó en eso. En nada.
Y se acabó el amor.